La batalla de dos grandes, ¿tú de qué lado estás?

No es habitual que la disputa entre una empresa y un gobierno tomen estado público. Más aún cuando se trata del FBI y Apple. Si un inconveniente ocurre entre dos grandes, por lo general los protagonistas ingresan por la puerta de atrás a una mesa chica que lima las diferencias.

Pero este caso que ha llamado la atención en todo el mundo tiene como protagonistas al jerarca de Apple, Tim Cook, quien publicó una carta en el sitio oficial de la compañía, en la que anuncia su rechazo a una decisión delicada del Gobierno de los Estados Unidos.

En la carta dirigida a sus clientes, el sucesor de Steve Jobs anunció que no acatará una orden judicial para desarrollar un sistema que permita ingresar a los datos del iPhone de uno de los autores del tiroteo en San Bernardino, California, perpetrado el pasado 2 de diciembre.

Cook detalló la solicitud de la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI) para que Apple cree un sistema operativo que rompa los mecanismos de seguridad de sus teléfonos inteligentes. Categóricamente rechazó esta pretensión al subrayar el riesgo que significa que un software así caiga en manos malintencionadas que pretendan acceder a la información personal de millones de personas.

En la jerga electrónica se conoce como backdoor (puerta trasera) a un mecanismo de acceso al contenido de un dispositivo, que puede ser producto de un error de programación o bien una entrada diseñada exprofeso sin que el usuario la detecte.

Aunque reconoce buena intención en el FBI y refrenda su disposición a colaborar en la lucha contra el terrorismo, Cook acusa a esa agencia de recurrir a eufemismos para ocultar su objetivo de crear una “puerta trasera” para desbloquear los teléfonos y planteó que este caso amerita un debate público.

En este último punto tiene razón, aunque esa discusión en realidad es mucho más compleja y no necesariamente pasa por la visión maniquea de que los gobiernos son la representación del Big Brother orwelliano que busca controlar la vida de la gente.

Sin demeritar el valor de sus denuncias y descubrimientos, los hackers Julian Assange y Edward Snowden han popularizado este imaginario que deja de lado la obligación de los gobiernos de diseñar políticas de inteligencia que garanticen la seguridad de sus ciudadanos, máxime cuando las organizaciones terroristas se benefician de los adelantos tecnológicos para planear y ejecutar atentados cada vez más sofisticados.

Este último factor es parte del argumento central de Cook: aunque Washington asegure que una “puerta trasera” como la que demanda el FBI sólo sería utilizada una vez, en realidad no hay forma de evitar que este código se filtre y sea replicado al infinito por ciberdelincuentes. Dicho con sus palabras, es como crear en el mundo físico una llave maestra capaz de abrir cientos de millones de cerraduras, volviendo vulnerable información financiera y privacidad personal.

Esto es cierto, pero ya que se propone este debate, un factor también a discutir es hasta dónde llega la responsabilidad pública de empresas estadunidenses que manejan millones y millones de datos sensibles que las propias personas les confían, sin estar conscientes de las cuantiosas ganancias que generan.

Y es que un debate público debiera proponer como política pública el diseño de una educación digital que concientice a la gente respecto de las consecuencias de lo que publica en redes sociales y almacena en dispositivos electrónicos. Que aprenda que la aparente comodidad que nos brinda la tecnología no es gratuita, sino que constituye la base de una economía muy lucrativa y, por tanto, del poder político.

Apple, Facebook y Google representan la nueva generación de transnacionales que han amasado fortuna e influencia gracias a la cada vez mayor dependencia de la gente respecto del internet y los teléfonos inteligentes. Por ello, es legítimo y pertinente cuestionar si su defensa apasionada de la privacidad no lo es en realidad de su modelo de negocios.