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Patricia Andreassi Humildad y esfuerzo

Su propia historia familiar la llevó a vincularse con la discapacidad, algo que hoy aprendió en su juventud y que hoy la gratifica trabajando al frente de un Centro de Formación Integral en Villa Adelina, Buenos Aires. Ladrillo a ladrillo, desde el sentido figurado hasta el más real, hizo real ese proyecto que comenzó que en Chivilcoy y que lo trasladó. Hoy esta institución conocida como Santa María de Luján, alberga todos los días a los chicos que terminaron la primaria. El centro hoy, después de más de 20 años, es como su hogar y el de ellos.

Patricia Andreassi dejó su trabajo de voluntaria para convertirse en la representante legal, la máxima autoridad de este Centro de Formación Integral. Desempeña las tareas con un equipo de trabajo también dirigido por Marisa Giannici. Todos llevan adelante este espacio educativo que contiene a 22 chicos (e incluso a sus familias indirectamente).

El Centro de Formación Integral Santa María de Luján pertenece al Obispado de San Isidro, partido en el que se encuentra ubicado. Patricia explicó que el inicio de este proyecto se debió a la congregación de los hermanos teatinos, que estaba encabezada por el Padre Juan Carlos Di Camillo, a quien nombra en primera instancia a modo de reconocimiento porque fue quien dio el primer paso.

Ella recordó que el Padre Juan Carlos se enteró que ella había trabajado un proyecto para chicos con discapacidad en Chivilcoy y al instalarse en Villa Adelina, una vez casada, la convocó para darle forma a esa planificación que había iniciado a fines de los 80. Andreassi es Trabajadora Social. Se inclinó hacia la temática porque una tía suya muy cercana tuvo un hijo con Sindrome de Down. Esto la llevó a investigar e involucrarse con el tema desde lo personal.

Refiriéndose al Centro de Villa Adelina recordó que todo comenzó humildemente, con mucho esfuerzo y que lo primero que se convocó fue a un taller navideño donde los chicos podían hacer artesanías para vender. Cuando el Padre Juan Carlos y los familiares de los chicos se dieron cuenta que había terminado el lugar donde habían encontrado un espacio de contención y desarrollo. Ahí empezaron a plantearse que había que cubrir algo que estaba un poco a la deriva, ya que los centros de formación que había estaban alejados de Villa Adelina.

El primer espacio

A la vuelta de la Parroquia Nuestra Señora de Luján funcionaba una casita de Cáritas y allí algunos días de la semana los chicos se juntaban, en medio de la ropa, en un espacio muy pequeño. Pero un día un señor mayor que vivía en el barrio convocó al Padre Juan Carlos. El hombre era propietario de un terreno de mitad de manzana y decidió dejárselo al obispado de San Isidro, ya que su desea era que allí se construya algún lugar para “chicos abandonados”. Y así fue que luego decidieron entregarlo para empezar de a poco crear el hoy Centro de Formación laboral.

Se construyó una capilla en la parte de adelante y atrás se hizo el edificio donde funciona la institución. En el inicio fue con voluntariado, todos trabajaban ad honorem. El ideario siempre fue ningún joven pueda quedar fuera del proyecto por algún inconveniente económico. “Es un lugar para todos. Acá fuimos construyendo con las exigencias de distintas normativas. Logramos el reconocimiento de la Dirección de Educación para Escuelas Privadas del gobierno porteño, con lo cual es un espacio habilitado. Después nos abocamos a conseguir la subvención estatal para que se paguen los sueldos y también la lograron”, recuerda Patricia que estuvo involucrado desde el inicio.

Si bien durante varios años recibieron ayuda económica de la Municipalidad de San Isidro, de empresarios, funcionarios, y personas de la comunidad que se acercaban a la parroquia, de esa manera pagaban los sueldos del equipo que se desarrollaba. “Pero después de conseguir el reconocimiento DIPREGEP y la subvención nos quedaba obtener el último paso. Después de 10 años conseguimos categorizarnos en el Ministerio de Salud para que puedan trabajar con empresas de medicina de prepaga y obra social para que de esta manera quienes no pudieran costear la educación de los chicos también pudieran hacerlo a través de este beneficio de la salud”.

¿Cómo describís este trabajo?

Es un trabajo complicado como todo lo que tiene que ver con educación pero muy especial por hacerlo con discapacidad de jóvenes que vienen cuando terminan la escuela primaria y eso es a partir de los 15 años. Las familias tienen un largo camino. Muchas llegan con mucha carga emocional, algunas no han podido aceptarlo y tienen como más marcado eso. Y quienes sí, está todo bien. Pero es un trabajo intenso, trabajas para el joven y también para su familia.

El trabajo del equipo y de todos los que estamos involucrados en el centro no sólo es con los chicos sino también con la familia que tienen necesidades en muchos aspectos.

Lo más gratificante es trabajar para los chicos, ellos aman el lugar. A veces decimos que tenemos que dejar de serlo pero realmente la institución es muy paternal, maternal, muy linda a nivel edilicio, un terreno con mucho verde. Y ponemos lo mejor para el lugar para nosotros y por ellos, para que lo sientan como un lugar cálido, y lo hemos logrado. Ellos están felices ahí, llegan 8.30 y se van 16.30. Cuando pensas en ellos, te da la fortaleza que necesitas.

¿Te imaginas haciendo otra cosa?

No sé cómo trabajadora social en otra área, tal vez lo hubiera pensado cuando era más joven. Hoy lo que quiero es seguir capacitándome en esta área, hace muy poco terminé con la directora una diplomatura de Educación Inclusiva que fue muy interesante. Quiero seguir aprendiendo sobre esto, no tengo otra cosa expectativa que esta.

¿Qué evaluás cada día cuando ves todo lo que hicieron?

Todo lo que hemos logrado es impresionante. Empezamos con mucho mucho esfuerzo, hay mucho trabajo detrás, no puedo creer todo lo que hemos logrado en todo este tiempo, te juro. Soy feliz ahí adentro. Lo sentimos al lugar como propio, es como mi hogar, es algo muy querido.

Cuando me designaron como representante legal no entendía bien lo que significaba. Había que hacerlo para existir y cuando me contaron lo acepté. A la distancia siento gratitud de que me hayan elegido, soy muy leal con la institución. Además pertenece al Obispado y depende directamente de ellos entonces es como una responsabilidad superior. Hay que poner el cuerpo y el alma. Pero es muy gratificante hacerlo. Si no te gusta es difícil continuar. Esto tiene que ver con la entrega. Si la discapacidad no te mueve sentimientos fuertes no podés hacerlo por mucho tiempo.

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