De cantos, encantos, famas e infamias

De cantos, encantos, famas e infamias... la historia de Susan Boyle - DattaMagazine

Una fábula contemporánea: la historia de Susan Boyle.

Este artículo se publicó originalmente en la edición de julio de 2009 de DattaMagazine, la revista de tecnología de Dattatec.
Autora: Natalia Solari – natalia.solari@dattamagazine.com

Había una vez una niña que nació el primero de abril de 1961 y, en ese preciso instante, quiso dar una muestra de lo que sería su posterior habilidad. Deseó entonar un llanto conmovedor, pero el escaso oxígeno disponible tras un laborioso parto estaba destinado a alimentar su cerebro privado de él durante algunos minutos. Es así que la infante heredó del incidente un retraso mental leve y unas ansias de utilizar su voz desmedidas. Su mamá y su papá, luego de recibir a nueve pequeños más a lo largo de sus atareadas existencias, decidieron que la recién llegada respondiera al nombre de Susan, Susan Boyle.

Susan transcurrió su niñez en los parajes escoceses abrumada por las burlas de los demás rapaces y dedicada a la música y a su dios. Tal vez, algún día, él contestara a sus plegarias y le regalara un lugar exclusivo y único en el mundo. Mientras tanto, a fuerza de voluntad e innato talento, la muchacha fue labrando su propio camino que, como corresponde a todo buen cristiano, debe ser tortuoso y extenso, pero albergar una recompensa celestial en su meta. O, al menos, una cita con las estrellas.

Fue, entonces, que, luego de su paso por concursos televisivos en los que se la tomó como objeto de escarnio y mofa, Susan visitó el paraíso. Con 48 años cumplidos, sin empleo y con su madre fallecida, la cantante logró superar los obstáculos que se le fueron presentando en su vida y se encomendó a los señores del jurado. En el programa “Britain’s Got Talent” (cuya traducción literal sería “Los Británicos Tienen Talento”), decidió hacer caso omiso de las cámaras y la frivolidad que dominan el ambiente y enfrentarse a una nueva mirada crítica. Y esta no demoró en llegar. Tres representantes de la banalidad y lo momentáneo comenzaron a prejuzgarla por su aspecto, por su rostro, por su risa, por su desenfado… por atreverse a profanar con su persona el templo de la pura imagen. No obstante, la mujer entonó su melodía y otro fue el cantar. El asombro se apoderó del trío y de la audiencia. Aquella voz que algún ángel compasivo depositó en la garganta de Susan era suficiente para derribar los mitos y construir una nueva catedral: la del ser humano ciego, pero no sordo. Por una vez, la justicia visitaba el territorio ávido por ser cosechado de la escocesa. Por primera vez, Susan era Susan Boyle en diarios, revistas, radios, televisión e internet, continente virtual en el que, gracias a YouTube, fue escrutada por millones de usuarios. De allí a la consagración restaba sólo la ecuanimidad de los encargados del programa y un simple cambio de apariencia.

Pero, aunque dos meses estuvieran reservados para ser adorada y sacralizada en cuanto sitio mediático estuviera al alcance de los sentidos de la humanidad y para que esta virgen fuera tentada, entre otros pecados, a participar en una película pornográfica, la final del concurso le otorgó el papel que parece estarle destinado: el de una Cenicienta postmoderna, que acaricia el éxito pero descubre que, cuando la cima no es conquistada, no hay zapato de cristal que encaje en un pie que no es bonito. Como una burla renovada, el público y los jueces dictaron su sentencia irrefutable. Susan Boyle había quedado en el segundo puesto tras el arrebato del escalón más elevado del podio realizado, paso a paso, por un ignoto grupo de baile. Y el Cielo se convirtió otra vez en Infierno.

Quizás algún despistado se pregunte qué perturbó más a la niña grande de nuestra historia, si continuar pobre en el planeta de las oportunidades luego de no ganar las 100.000 libras o haberse perdido el privilegio de cantar frente a la reina. Sin embargo, todos en la clínica en donde tuvo que ser internada Susan en medio de su crisis nerviosa sabían fehacientemente que el eterno purgatorio es un páramo lúgubre en el que la existencia es menos sabrosa. La realidad golpeó a la puerta de la escocesa como antes los reporteros. En esta Tierra, eres instrumento de dios o de sus encarnaciones mundanas, llámense cuarto poder, medios de comunicación o buscadores de fortunas ajenas. Susan tiene lugar en este mundo sólo para que los otros puedan constatar su amor por los valores cristianos y su aversión por mantenerlos un lapso prolongado. El fin de los medios es que el inocente cobre treinta denarios por la riqueza que a ellos les brinda. La compasión es una herramienta que suele utilizarse para este objetivo, en algunos casos. Y, cuando la venta fue llevada a cabo, los beneficiarios no coinciden con los que se esforzaron por dar algo de sí mismos.

Susan Boyle desgranará sus notas para el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, el día de la independencia del poderoso país del norte. Tal vez, sea ese su premio consuelo. Quizás, recorra el globo llevando música a los oídos de diversos habitantes de distintas regiones y continúe generando ganancias a múltiples empresarios de todos lados. Pero en la vapuleada alma de nuestra protagonista fugaz, finalmente, sólo hubo una compensación para su agitado tránsito por la fama. Al retornar a su hogar, la sonrisa de su gato Pebbles, de diez años de edad, aún la aguardaba intacta.

¿Y cuál es la moraleja a todo esto? Lo que no es capaz de esfumarse se encuentra fuera de esta realidad. O, como señalaba Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”, pero, por lo menos, pertenecen, efectivamente, a su dueño.

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