Influencers: El poder de influir en el consumo de las personas

La red social de las fotos espontáneas se ha convertido en el nicho en donde conviven los emprendedores líderes de opinión en el mercado, o también conocidos como influencers, con la gente que por el sólo hecho de stalkearlos son los “potenciales clientes”. Tener influencia en una abultada audiencia es, para los millennials, otra forma de emprender.

Instagram es, en Latinoamérica al menos, la red social por excelencia. Si la acción de socializar pasara por un lugar virtual, hoy es Instagram aquel geoespacio tácito que invita a los navegantes a buscar, encontrar, compartir, comentar, likear, denigrar, repudiar y stalkear. Aunque sólo es una gran ventana de fotos aplicadas en una cuadrilla, desde su lanzamiento el 6 de octubre de 2010, a esta parte se ha convertido en la oficina de muchos emprendedores.

Cuando hablo de quienes emprenden con Instagram no me refiero a aquellos que utilizan la plataforma como medio para comunicar, difundir o vender un producto o servicio, sino a aquellos que han convertido toda acción dentro de ella como el mismo negocio. Unos y otros, emprendedores o empresarios, encontraron la forma de sacarle provecho, antes de que Instagram comience a darle herramientas para ello.

En un ecosistema en donde conviven personas cuya vida digital los cataloga como instagramers, pudiendo tener más o menos influencia en el resto de los habitantes de la red, este código de relaciones se ha convertido poco a poco en un negocio para los millennials que encuentran cómo monetizar cada acción, sea propia o ajena.

Ser popular o influir

Hoy se habla de los influencers con mucha naturalidad y es porque el rol que cumplen en las redes sociales se ha institucionalizado y una gran mayoría de la población podría indicar uno o dos influencer, al menos, en la red social que utilizan.

Sin embargo, este estatus no pertenece a esta era, sino que viene de mucho tiempo atrás, y como ha sucedido con muchas tendencias, la llegada de Internet ha modificado las costumbres de popularidad, exposición y también del consumo de la gente.

Karina Ortiz, de la agencia de Influencers Glitter Comunicación lo pone en palabras: “Un influencer es un líder de opinión dentro de su comunidad”, y con ello se comprende que las diferentes tribus sociales han contado desde siempre con un líder de opinión, aún cuando las redes sociales no existían como tales.

El caso es que, ya conviviendo con una realidad virtual, no es Instagram quien empodera a los influencers tal y como los conocemos hoy. Un dato nos esclarece el panorama de antaño: Cory Kennedy podría cargar el título de la primer influencer en redes. La adolescente fue considera en el año 2006 una “Internet It girl” cuando su perfil de MySpace alcanzó los 9000 seguidores, y por lo que, por consecuencia, llegó a convertirse en modelo.

Por entonces, no sólo se usaba MySpace como nichos para ganar popularidad, sino también plataformas como los Fotolog, Tuenti o Hi5. En todas ellas, se concibió el plan de la popularidad pero de una manera ingenua, si se la compara con las posibilidades que hoy ofrece la fauna de Instagram de llegar no sólo a un puñado de nueve mil seguidores, sino a millones.

Así es como personas con alguna capacidad como para distinguirse de otras se convertían poco a poco en líderes de opinión y acorde a que ganaran seguidores en el nuevo Fotolog con el logo de la cámara Polaroid, los negocios alrededor de esta acción florecían.

El poder de influir en el consumo de las personas

El ecosistema de Instagram cuenta con influencers y micro influencers. Para Karina Ortíz, especialista en el tema: “Un micro influencer se diferencia no sólo en la cantidad de seguidores, sino también porque son especialistas en un tema y no se mueven de ahí. En la agencia denominamos este comportamiento como “anichate», porque trabajan en un nicho definido lo que les permite fidelizar a su comunidad de una manera más genuina. Por lo general tienen entre 5 a 25 mil seguidores”.

Por su parte, asegura Karina, “Muchos influencers, cuando llegan a un volumen alto de seguidores (más de 100k, es decir, de 100 mil seguidores) hacen acciones con costos muy altos y sin establecer un área específica. Eso hace también que el micro influencer gane más notoriedad porque, aunque cuentan con una comunidad más reducida, influyen en la misma y realizan acciones por menor costo o canje, inclusive”.

El “valor” de influir

Así es como estos seres netamente populares comienzan a administrar el cómo llegan a sus seguidores y qué hacen estos con la información que reciben.

Antes de que Cory lograra popularidad con su Myspace, un fotógrafo que subía retratos de ella a su página notó que por cada una aumentaba más y más el tráfico a la web, y eso podía redirigir miradas a su propia página como a la de las marcas de ropa, y de una misma modelo.

Tiempo después, esta práctica en Instagram hizo que algunas personas aprovecharon la cantidad de seguidores para promocionar una marca de ropa, una crema, un yogurt o un tratamiento. Se pudo confirmar que si tal famoso usaba esa crema, no sólo por mencionar la marca en el post, lograría llevar tráfico al perfil, sino que además generaría un deseo de consumo basado en una experiencia ajena.

Es por ello que la acción de influir en los deseos tiene, en la actualidad un gran valor. Tal y como nos lo compartió Karina Ortíz, algunos cobran más que otros, unos canjean y otros ponen una agencia que maneje el mejor y más optimizado estilo como para vender su cotidianidad enmascarada con productos.

Ciertamente, la mayoría de las personas ya no ignoramos que mucho de lo que consumimos está provocado de alguna manera por una acción publicitaria. Lo que todavía algunos no notamos es cuánto de lo que deseamos pertenece realmente a nuestro propio deseo y no se trata de una construcción que resulta del perfecto engranaje comercial de los influencers.