Mundial 2150

Mundial 2150

El planeta vive las pasiones, ansias y angustias correspondientes a otra edición del Mundial de Fútbol, donde los nuevos dueños de la pelota intentan revivir las glorias de sus antepasados en este relato de ciencia ficción.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición de marzo de 2010 de DattaMagazine, la revista de tecnología de Dattatec.
Autor: Natalia Solari – natalia.solari@dattamagazine.com

Las expectativas se concentraban, como siempre en la época en que el año se divide a la mitad y 1460 jornadas han transcurrido desde la última ocasión, en el sublime esférico. Millones de ávidos terrícolas empecinados en someterse a los designios de la fuerza por sobre la mente procuraban que cada milímetro de la pantalla fuera escrutado por sus ojos biónicos. Aunque el verde era ya más bien amarronado, el campo de juego era, otra vez, la escena de una obra improvisada e ineludiblemente criticada. Ricardo exclamó, utilizando toda la potencia de sus cuerdas vocales, para que Norberto escuchara desde la cama neumática: “¡Beto! ¡Ya empieza el Mundial!”

Noventa selecciones habían presentado en este campeonato la ilusión de sostener la copa en lo alto. Deslumbrantes algunos, más deslucidos otros, los jugadores se disponían a entregar alma a cambio de inmortalidad. O, al menos, eso pretendían aquellos que soñaban con obtener la gloria. Esta les daría como premio invaluable un trofeo ansiado por la multitud de competidores: ser humano.

El primer encuentro se disputó en el gran estadio de las llanuras de Bretórica, allí por la región que los antiguos habitantes de este planeta solían conocer como el Reino Unido, aunque de éste sólo los estudiosos y dedicados historiadores del pasado podían dar una controvertida explicación del motivo de la denominación “unido”. Nadie podía saber ni deducir qué significaba este término en el contexto del delta del Océano Atlántico norte. 150 islotes enemistados entre sí eran el testimonio más indiscutible de que la unión era el inconmensurable delirio de unos hombres con pasión por la utopía.

El espectáculo fue mayúsculo, aunque minúscula la capacidad de asombro entre los espectadores. El torneo constaba del mismo despliegue eterno, de la misma tenacidad por parte de los contrincantes y del exactísimo júbilo desmedido que experimentaba el público. A qué se debía esta muestra de algarabía e irrefrenable fervor continuaba siendo en la era de la post informática un auténtico misterio. Siglos de dos decenas más dos persiguiendo una pelota no podían representar ninguna novedad para nadie que haya vivido aunque sea 16 años. Pero, no obstante, los sentidos del pueblo despertaban con cada pitido inicial que el maldecido árbitro intentaba realizar por sobre los gritos claramente desentonados de los seguidores.

Ricardo se aferraba a su osito albiceleste con idéntica fruición a la que había sabido manifestar por alguna de sus ya olvidadas amantes. Su objetivo en este mes era el de no poseer otra meta que la meticulosa observación de cuanta disputa futbolística se le cruzara por los ágiles dedos que comandaban el control remoto de la pantalla en las lentes de sus anteojos de moviled. Aunque una preocupación severa rondaba los límites del campo visual: Beto se mostraba decididamente indiferente a los avatares deportivos que incluyeran una pelota, una red y un cuerpo de cualquier tipo. Quizás, una advertencia del estado indolente del Beto había llegado hasta Ricardo en forma de frase lascerante: “Bocha, este técnico nos va a llevar a la real perdición”. Ricardo trataba, con entereza y bajo cualquier circunstancia, de hacer caso absolutamente omiso a la voz de su amigo que pugnaba por albergarse en su lisa cabeza. Imposible no conservar la esperanza, aunque su vencimiento ya hubiera sucedido en múltiples oportunidades.

A la selección nacional le había tocado en suerte (para no decir más bien en desgracia) el célebre “grupo de la muerte”. Si los robots hubieran sido capaces de transmitir alguna emoción certera, cuando el sorteo fue realizado en las relucientes instalaciones de la FIFRA tanto Ricardo como Beto, como millones de compatriotas, habrían notado la angustia y decepción en sus rostros pulidos.
Se sabían víctimas de la humillación de antemano, a pesar de que el entrenador considerara que en el fútbol, como en la política, la mano en la lata es válida. Por supuesto, la lata del oponente.

Los enemigos a derrotar en la primera disputa por medio de piernas y garra eran los chipones. Estos no eran ni más ni menos que los que, en tiempos de protohistoria robótica, fueron conocidos como simplemente orientales. Los remotos China y Japón, en un movimiento inverso al Reino antes mencionado, optaron, ante la amenaza de guerra por parte de los estadounidenses en 2075, por aliarse en un territorio único e infranqueable. Se convirtió este en un país productivo y productor de dolores de cabeza para los ya extinguidos norteamericanos. Es más, se comenta seriamente en tesis escritas por eminencias de la ciencia de narrar los hechos anteriores a nuestra existencia que las severas migrañas provocaron el acelerado declive de la civilización en los Estados Unidos. Es por eso que, actualmente, los escasos pobladores del área son poco menos que homínidos con la sola capacidad de sobrevivir al ataque constante de los pensamientos.

Como Ricardo y Norberto habían leído en centenarias publicaciones, ni China ni Japón se destacaban en aquellas épocas como hábiles jugadores del balompié. Pero la situación se había modificado drásticamente en el preciso instante en que los robots se hicieron estandarte inoxidable de los más arraigados sentimientos futboleros y tomaron la pelota en sus pies. La refinada técnica y la voluntariosa destreza de los chipones eran la marca distintiva en los artefactos que superpoblaban el mundo. Así lo eran también sus estupendos robots, máquinas implacables en la labor de convencer al balón de dirigirse al arco contrario. Por supuesto, a diferencia de los deportistas humanos, eran más resistentes, no se quejaban y el dinero les resultaba inútil.

Fue de ese modo que Ricardo vio aniquiladas sus ilusiones en los primeros cinco minutos. Los autómatas chipones convirtieron 15 tantos que contrastaban notablemente con la impericia de los modelo industria nacional. Cuando restaban 5 minutos para que se cumplieran los 60 reglamentarios, y ante un marcador de 85 a 0, a Ricardo se le presentó un atisbo de felicidad comprimido, como una sustancia irreal, como una descarga eléctrica en medio del desierto. Un gol de su amada selección, un error del arquero rival, un acierto del miembro inferior de un sorprendido jugador propio. Ricardo gritó como si de su alarido dependiera la subsistencia de su persona. Desde la otra habitación, Beto, irritado, le devolvió el aullido: “¡Bocha! ¡Me despertaste, la progenitora que tuvo la magnífica idea de posibilitar que llegaras a mi vida!”

El equipo nacional quedó eliminado en primera ronda. No hubo consuelo para robots ni Hombres. Los últimos retornaron a sus tareas mecánicas y recurrentes. Los primeros, pinochos para siempre, tuvieron que soportar estoicamente la transformación de la selección que tanto disgusto les causó en verdaderos niños prodigio de la ciencia y del deporte.

LOS PROTAGONISTAS DE ESTE RELATO

Robots y Robótica

Según la definición académica, un robot es una entidad virtual o mecánica artificial. La robótica es, entonces, la ciencia y tecnología que versa sobre los robots. Desde la literatura rusa y el vasto mundo de Isaac Asimov (que acuñó accidentalmente el término robótica) hasta nuestra realidad actual, los robots se han ido haciendo cada vez más presentes en nuestra cotidianeidad. Aunque variados en sus tipos y clases, los androides o antropomórficos son los que mejor representan la idea general que de estos autómatas se tiene. Como uno de los exponentes más acabados que hoy en día existen en el planeta se halla Asimo, un robot humanoide que interactúa con los humanos y puede contribuir con su ayuda en algunas tareas específicas. Este ha sido creado por la empresa japonesa Honda en el año 2000 y, desde ese momento, ha ido evolucionando. Como él, hay tantos similares. Algunos son capaces de proveer servicios médicos, otros están orientados a usos militares o industriales. Y otros se dedican a jugar (aunque aún un poco torpemente) al fútbol, como los héroes deportivos de esta historia.